Los barriles de La Paz
Antes de ahondar en el tema de los barriles descubiertos en una finca del departamento de La Paz. Hay que remontarse históricamente a las épocas de los corsarios, cuando asediaban nuestra costa pacifica. Era tan virgen y despoblada, que nuestra costa salvadoreña era el escondite ideal, amurallada con espesos manglares que no dejaban penetrar al más raquítico animal. Era el refugio para los enormes cofres repletos de plata, macacos y oro en lingotes. Arrebatados con ferocidad a la flota de Indias en el istmo de Panamá. Francis Drake paseaba sus navíos negros, El Alacrán, escondiendo tesoros en los islotes ralos del golfo de Fonseca en las playas: El Espino, Playas Negras, El Cuco, El estero de Jaltepeque, Puerto El Triunfo, San Diego, Corral de Mulas, Los Cobanos, Metalío y Garita Palmera. Una franja extensa y placentera, para respirar la prosperidad que generaba el arrebato.
Los piratas transmutaron sobre las centurias y hoy en pleno siglo XXI se llaman narcos. A diferencia de sus antepasados corsarios, la tecnología los bendijo, y en vez de navegar en lentos galeones, atraviesan fugazmente las aguas en lanchas súper rápidas y en algunos casos, en sofisticados submarinos. Escondiendo el valor de la cocaína en verdes fardos compactos, tratando de esconder en algún entorno natural el preciado botín, al mejor estilo de los antiguos piratas.
Es casi seguro que si Francis Drake viviera en estos tiempos sería un reconocido narcotraficante. Temido y sanguinario.
La usanza para esconder el ilícito, es una práctica antigua que no ha evolucionado.
De lo que sí es seguro, es que los piratas, superaban intelectualmente a los narcotraficantes modernos. Ya que para ser pirata, se tenía que poseer una preparación militar y se tenía que tener conocimiento de navegación y de topografía. Los piratas escondieron tan bien sus tesoros, que aún en este siglo XXI no se han podido descubrir.
Hecho esqueleto bajo la exuberante Portobelo, Francis Drake se llevó los secretos de donde escondió sus tesoros. Aún la costa guanaca guarda con recelo el lugar preciso de los tesoros.
Sin embargo, no se puede decir lo mismo de la imprecisión de los traficantes de drogas. Sus tesoros los desentierran los perros, al final lo gozan autoridades, fiscales y todo tipo de burócratas sucios, en vez de usarse a modo de enmienda invirtiéndolo en buenas obras, son otro tipo de delincuentes los que tratan de arrebatar ese dinero mal habido. Y al final desemboca moribundo el conocido refrán de: “Ladrón que roba a ladrón… tiene 100 años de perdón”
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